Después de cinco años de relación formal con mi novia, sabía que era el momento justo para dar el próximo paso: proponerle matrimonio. Estaba seguro que me amaba, pero eso no era suficiente para pensar que iba a aceptar, pues en estos tiempos ya muchas chicas no quieren casarse. Por lo que tenía que lucirme, no sabía cómo, pero era obligatorio que fuera espectacular.

No quería utilizar las tácticas clásicas o las que suelen verse en las series y películas de Estados Unidos, quería arrodillarme, sí, pero quería algo más. Pensaba en una combinación de algo romántico con un juego divertido. Así que conseguí unas celosías con figuras de corazones, las cuales coloqué en forma de laberinto en el jardín  de mi casa. No era una gran estructura, pero lo suficiente para agregar algunos acertijos con premios o castigos. El recorrido estaba iluminado con lámparas con luz color rosa. Era el sitio más romántico que jamás haya creado.

El día que cumplimos 5 años y 7 meses la invité al cine, vimos una película de comedia romántica, salimos a comer y ya cuando había oscurecido la invité a mi casa. Le pregunté si tenía ganas de jugar y respondió que sí. Quizá ella pensó en algo más candente porque fue directo a las escaleras que llevan a mi cuarto, le dije que esperara, que antes debíamos ir al jardín. Al salir, se sorprendió por el laberinto de celosías. Le pedí que entrara y que se divirtiera. Iba recorriendo el camino cuando se topó con la primera pregunta. ‘¿Cómo nos conocimos?’ Me respondió correctamente y entre las figuras de corazones le pasé un pedazo de papel que era un cupón para un masaje gratis para cuando lo quisiera. Así fue recorriendo seis cuestionamientos, sólo con una falla. No sabía mi color preferido.

Ella se divertía y lloraba, pues en los folders donde se encontraban los acertijos habían fotos y recuerdos de aquellos momentos que pasamos juntos. Es una mujer de un carácter muy fuerte, pero los detalles románticos son su debilidad, puede llorar todo un río, como diría Maná. Una foto en nuestra primera cita, el boleto de la primera vez que fuimos juntos al cine, la servilleta con sus labios marcados cuando le pedí su autógrafo, esos fueron algunos de los artículos que encontró en el camino.

Al llegar al final del camino estaba un pequeño cofre, como un alhajero. Lo abrió y había una caja más pequeña, al instante la reconoció, sabía que era de un anillo. Me quedé en silencio. Escuché como sollozaba, se reía y volvía a llorar. Era mi turno de actuar. Recorrí todo el laberinto hasta quedar detrás de ella, acerqué mi boca a su oreja y le susurre: “¿Quieres ser mi…?” Ella me interrumpió con una ráfaga de síes. Me abrazó y nos fundimos en un beso apasionado, celebración que después pasamos a mi habitación.

A la mañana siguiente su brazo rodeaba mi pecho, ahí estaba el anillo, reluciente y brillante. Jamás se lo quita, lo presume a donde quiera que va y yo, pues yo sólo puedo decirles que soy el hombre más feliz de este mundo.